“¿Conseguía el trabajo, en el fondo, llenar sus vidas, se sentían realizados con lo que hacían o en realidad tenían la sensación de que algo o alguien estaba consumiendo su energía, absorbiendo de ellos lo mejor, privándolos del verdadero sentido de la vida?”

Sandor Marai, “La mujer justa”

Nos pasamos el día corriendo de un lado para otro, nos levantamos corriendo, como en esas series americanas en las que el protagonista sale a la calle, con la taza de café caliente apurado para subirse al auto. Siempre apurados. Corremos con prisa para llegar al trabajo, para rendir, para ser buenos y efectivos en lo que hacemos. Corremos para salir del trabajo y llegar a tiempo a buscar al niño a la escuela o a participar de alguna actividad que apenas podemos disfrutar porque ya estamos pensando en lo que tenemos que hacer una hora después. Corremos para llegar a casa a tiempo para descansar y comer despacio. Solo que al ritmo al que venimos, tanto nosotros como nuestros hijos, el “despacio” nunca llega y nos arrastramos y empujamos entre todos.